El naufragio del Edmund Fitzgerald cumple medio siglo y sigue generando interrogantes

El 10 de noviembre de 1975, una tormenta brutal hundió al carguero más grande de los Grandes Lagos. Medio siglo después, el Edmund Fitzgerald sigue siendo un misterio que une historia, memoria y respeto por la fuerza del agua.
Así se encuentra hoy el Edmund Fitzgerarld en e fondo del Lago Superior. Imagen tomada por Argenports.com en el Museo de los Grandes Lagos, Toledo, Ohio.
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Por Adrián Luciani / info@argenports.com

Era un lunes 10 de noviembre como hoy, pero de 1975, y en el Hemisferio Norte el invierno se acercaba con el filo de una tormenta.

El Edmund Fitzgerald, orgullo de la marina mercante de los Grandes Lagos, había partido la tarde anterior desde el puerto de Superior, Wisconsin, con 26 mil toneladas de pellets de mineral de hierro. Su destino era el puerto de Detroit, al otro extremo del sistema fluvial.

A bordo viajaban 29 tripulantes bajo el mando del capitán Ernest McSorley, un hombre respetado por su experiencia y su temple en condiciones difíciles. El buque navegaba en compañía del carguero Arthur M. Anderson, que mantenía comunicación radial y visual con él a lo largo del trayecto.

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Las primeras horas de navegación fueron tranquilas, pero al caer la noche del domingo los informes meteorológicos comenzaron a cambiar. Los pronósticos hablaban de una baja presión profunda que avanzaba desde las Dakotas, capaz de generar una tormenta severa sobre el lago Superior. McSorley decidió continuar, como hacían tantos capitanes acostumbrados a los inviernos duros del norte.

Durante la madrugada del lunes, la temperatura cayó bruscamente y el viento comenzó a levantar olas largas y pesadas.
A las primeras horas del día, los dos buques ya navegaban bajo lluvia helada. El Fitzgerald avanzaba con potencia, pero el oleaje crecía a cada hora. Para el mediodía, las ráfagas superaban los 90 km/h y las olas alcanzaban entre 7 y 9 metros.

A media tarde, el capitán McSorley informó por radio que había perdido parte de las escotillas de carga y el radar principal, y que el buque estaba recibiendo agua. Sin embargo, aseguró que la tripulación mantenía el control.

Su objetivo era alcanzar la protección de Whitefish Bay, a unas pocas horas de navegación. En condiciones normales habría llegado antes de la noche, pero el temporal era demasiado fuerte.

El Arthur M. Anderson siguió en contacto, reportando olas que superaban los 10 metros y ráfagas que azotaban desde el noroeste. La visibilidad era prácticamente nula.
A las 19:10, McSorley envió su último mensaje:
—“Nos mantenemos, estamos aguantando.”

Minutos después, el Fitzgerald desapareció del radar. El Anderson intentó comunicarse sin éxito. No hubo más respuestas. Ninguna señal de socorro. Ninguna bengala. Solo el ruido del viento y el golpe del agua.

Búsqueda sin hallazgos

Cuando la tormenta cedió, los equipos de rescate recorrieron el lago en busca de restos. Solo hallaron botes salvavidas destrozados y una mancha de combustible.

Días después, los buzos localizaron el casco del buque a 160 metros de profundidad, partido en dos grandes secciones. Ninguno de los 29 tripulantes fue encontrado.

Las causas del hundimiento nunca se confirmaron. Se habló de una ola colosal, de un ingreso repentino de agua, de una sobrecarga o de fallas estructurales.

Cada hipótesis parecía plausible, pero ninguna definitiva.
El lago Superior, profundo y helado, guardó el secreto para siempre.

El antes y el después en la navegación

El desastre del Edmund Fitzgerald cambió para siempre la navegación en los Grandes Lagos.

Las autoridades revisaron las normas de seguridad, los equipos de comunicación y los protocolos meteorológicos.

A partir de entonces, se reforzaron las inspecciones de escotillas, se implementaron nuevas alertas de tormenta y se modernizaron los sistemas de rastreo.

Balsa salvavidas del Edmund Fitzgerald en exhibición en el Museo de los Grandes Lagos, Toledo. Foto Argenports.com

El suceso también se convirtió en una referencia cultural y humana. Cada 10 de noviembre, las campanas suenan 29 veces, una por cada tripulante perdido, en recuerdo de la tripulación que no volvió.

La canción que lo convirtió en leyenda

Meses después del naufragio, el músico canadiense Gordon Lightfoot compuso The Wreck of the Edmund Fitzgerald, una balada que transformó la tragedia en un relato de memoria colectiva.

Su letra narra con precisión los hechos de aquella noche y rinde homenaje a los hombres que desafiaron el lago.

La canción recorrió el mundo, convirtiéndose en una de las piezas más emblemáticas sobre la vida de los marinos y la fragilidad del destino en el agua.

Cincuenta años de respeto y silencio

Hoy, medio siglo después, el Edmund Fitzgerald sigue descansando en el fondo del lago Superior, intacto en su dignidad.

Cada año, en los puertos del norte, los marinos detienen su labor por un instante. Y en las radios vuelve a sonar la canción que lo hizo eterno.

Porque la historia del Edmund Fitzgerald no es solo una tragedia. Es un recordatorio de que la navegación, más allá de la técnica y la experiencia, siempre depende del mismo principio: el respeto por el agua.

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