ARA Almirante Irízar: el comandante revela cómo opera el rompehielos que sostiene la presencia argentina en la Antártida
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El capitán de navío Héctor Gustavo Vera habló con Argenports durante la visita del buque a Bahía Blanca. Repasó la modernización del Irízar, los desafíos de navegar entre hielos, la operación con helicópteros Sea King y la logística que permite abastecer las bases argentinas en la Antártida.
Después de superar el incendio que lo dejó fuera de servicio en 2007, el ARA Almirante Irízar volvió a convertirse en el eje de las campañas antárticas argentinas. Su comandante explica por qué el buque sigue siendo una pieza estratégica para el país y cómo es operar en uno de los ambientes más exigentes del planeta. Foto Argenports.com
Miles de personas recorrieron sus cubiertas y conocieron de cerca el rompehielos que cada verano lleva adelante la compleja misión de abastecer las bases argentinas en la Antártida.
Detrás de esa imagen emblemática hay una plataforma tecnológica de alta complejidad, una tripulación altamente entrenada y una logística que exige meses de planificación para operar en uno de los escenarios más hostiles del planeta.
En diálogo con Argenports, el capitán de navío Héctor Gustavo Vera, comandante del ARA Almirante Irízar, repasó la actualidad del buque, recordó su reconstrucción tras el incendio de 2007 y explicó por qué la Argentina cuenta hoy con un rompehielos preparado para afrontar muchos años más de campañas antárticas.
Un buque que volvió a nacer
La historia reciente del Irízar quedó marcada por el incendio sufrido en abril de 2007 mientras regresaba de la Antártida. Aquella emergencia obligó a iniciar uno de los procesos de reconstrucción naval más importantes de la historia argentina.
El comandante recordó que el rompehielos fue construido en Finlandia, entregado a la Armada Argentina a fines de 1978 y que, tras el siniestro, permaneció varios años fuera de servicio hasta completar su modernización integral.
“El buque sufrió un incendio en 2007 y quedó inutilizado. Se tomó la decisión de recuperar todas sus capacidades y, desde 2017, volvió a operar. La próxima campaña será la décima consecutiva desde su regreso al servicio”, explicó.
Para Vera, la espera terminó dando resultados.
La reconstrucción no solo permitió recuperar al rompehielos, sino incorporar sistemas de navegación, propulsión y control que elevaron considerablemente sus prestaciones.
“Al rompehielos se le incorporó la mejor configuración de máquinas que hoy puede encontrarse en un buque de estas características. La planta motriz es muy confiable y la capacidad de aceleración es muy superior a la que tenía anteriormente”, señaló.
Tecnología para navegar donde pocos pueden hacerlo
El puente de mando del Irízar poco tiene que ver con el que conocieron generaciones anteriores de marinos.
Hoy dispone de un puente integrado, cartas electrónicas, sensores de navegación, radares convencionales y equipos especialmente diseñados para detectar hielo, herramientas indispensables para operar en condiciones extremas.
A ello se suman radares de control aéreo que permiten coordinar las operaciones con los helicópteros embarcados durante la campaña antártica.
“Tenemos radares específicos para detección de hielo integrados a la carta electrónica y sistemas de control aéreo de última generación para operar con las aeronaves. El resultado de toda la modernización fue realmente muy bueno”, afirmó.
¿Cuánta vida útil le queda al Irízar?
Aunque aclaró que esa evaluación corresponde a organismos técnicos especializados, Vera se mostró optimista respecto del futuro del rompehielos.
“Creo que todavía tenemos entre diez y veinte años más de rompehielos. Seguramente habrá que seguir incorporando nuevas tecnologías y actualizar algunos sistemas, pero el buque tiene todavía una importante expectativa de vida”, sostuvo.
Ese horizonte permitirá que el Irízar continúe siendo la principal plataforma logística de la Argentina para sostener su presencia permanente en la Antártida, una tarea que demanda un enorme esfuerzo operativo cada temporada.
A la izquierda, el Irízar amarrado en Bahía Blanca, y a la derecha, el comandante Vera recibiendo a los numerosos visitantes que recorrieron la nave.
La misión que sostiene la presencia argentina en la Antártida
Más allá de su condición de rompehielos, el comandante recordó que el verdadero objetivo del buque es garantizar el funcionamiento de las 13 bases antárticas argentinas, de las cuales seis permanecen abiertas durante todo el año y siete operan únicamente en verano.
“Nuestra misión es hacer la logística para que quienes viven y trabajan en las bases puedan desarrollar la actividad científica. Esa es la función principal del Irízar”, resumió.
Cada campaña demanda alrededor de 120 días de navegación, aunque la última se extendió hasta los 130 días, movilizando cientos de toneladas de carga, combustible, alimentos, vehículos y equipamiento indispensable para sostener la actividad argentina en el continente blanco.
Sin esa operación logística anual, muchas de las bases no podrían mantener su funcionamiento permanente ni desarrollar los programas científicos que la Argentina lleva adelante desde hace más de un siglo.
Cómo se navega en el lugar más difícil del planeta
Con más de una campaña antártica sobre sus espaldas, Héctor Gustavo Vera conoce como pocos las exigencias de operar en el continente blanco. Para él, el verdadero desafío no es únicamente el frío extremo, sino la combinación de hielo, meteorología y logística que caracteriza a esa región del planeta.
“La Antártida es el peor lugar para navegar. Tiene la peor meteorología del mundo y, además, la presencia permanente de hielo”, resumió.
El comandante explicó que no todo el hielo representa el mismo riesgo para un buque.
Mientras el hielo marino se forma por el congelamiento del agua de mar, existe también el hielo continental, enormes masas desprendidas del casquete antártico que, por su dureza y espesor, pueden convertirse en un verdadero peligro para cualquier embarcación.
“El hielo continental puede afectar seriamente la estructura del buque. Ese es el gran desafío de navegar en la Antártida”, explicó.
A esa dificultad se suma un clima extremadamente cambiante.
“Podés estar operando con calma y, en apenas diez minutos, encontrarte con 20 o 30 nudos de viento que obligan a cambiar completamente la maniobra o incluso suspender la operación”, señaló.
Romper hielo también es una ciencia
Una de las escenas más impactantes de cada campaña es ver al Irízar abrirse paso entre enormes placas de hielo.
Sin embargo, Vera aclaró que esa maniobra responde a procedimientos muy precisos y no a una simple demostración de potencia.
Cuando el hielo es relativamente delgado, el buque avanza por inercia.
Pero cuando el espesor aumenta, la maniobra cambia completamente.
“El buque está diseñado para romper hielos de hasta seis metros. Cuando ya no puede avanzar, retrocede unos 500 metros, vuelve a acelerar hasta alcanzar alrededor de nueve nudos y utiliza su propio peso para montarse sobre el hielo y quebrarlo”, describió.
Ese procedimiento puede repetirse una y otra vez durante una misma navegación, dependiendo del espesor y las condiciones del hielo, pudiendo avanzar hasta el largo de su eslora (120 metros) en cada embestida.
Los helicópteros, una pieza indispensable para llegar donde ningún buque puede hacerlo
Las operaciones aéreas constituyen otro de los pilares de cada Campaña Antártica. El ARA Almirante Irízar embarca dos helicópteros Sea King de la Armada Argentina, fundamentales para abastecer aquellas bases a las que resulta imposible acceder por vía marítima.
El comandante explicó que Marambio y Belgrano II dependen de estas aeronaves para recibir parte de su abastecimiento, una tarea que exige una coordinación permanente entre pilotos, puente de mando, operadores de cubierta y personal de carga.
“Hay dos bases que solamente pueden ser abastecidas por helicóptero. Allí las aeronaves juegan un papel fundamental”, explicó Vera.
Operar un helicóptero desde un rompehielos en navegación implica procedimientos extremadamente rigurosos.
“Estamos hablando de una pista de aterrizaje que se está moviendo. Además, el buque tiene que generar el viento relativo necesario para que la aeronave pueda operar con seguridad. Si nos equivocáramos en eso, el helicóptero podría sufrir un accidente catastrófico”, explicó el comandante.
Vera también destacó otro aspecto poco conocido de la logística antártica. Belgrano II, la base argentina más austral y una de las más australes del mundo, solo puede abastecerse cuando el Irízar logra internarse en el mar de Weddell, una operación que depende de una estrecha ventana de tiempo durante el verano antártico.
“Tenemos que llegar al punto más austral al que puede acceder un buque, y solamente el Irízar puede hacerlo. Entre mediados de enero y mediados de febrero se forma una especie de corredor natural donde el hielo se vuelve más delgado y nos permite avanzar. Fuera de esa ventana, el crecimiento del hielo es exponencial y existe el riesgo de quedar atrapados”, explicó.
La tecnología también llega desde el espacio
El éxito de cada campaña no depende únicamente de la experiencia de la tripulación.
Hoy el Irízar recibe información en tiempo real proveniente de los satélites argentinos SAOCOM, que permiten conocer con precisión el estado y el espesor del hielo.
Además, meteorólogos embarcados analizan permanentemente la evolución del tiempo para anticipar cambios que puedan comprometer las operaciones.
“Gracias a la información satelital podemos elegir el camino más conveniente y romper hielo solamente cuando es absolutamente necesario”, explicó Vera.
Un buque querido por la gente
La reciente visita a Ingeniero White dejó otra imagen que sorprendió incluso a la propia tripulación: miles de personas hicieron largas filas para recorrer el rompehielos.
La demanda fue tan grande que el esquema de visitas debió modificarse sobre la marcha para agilizar el ingreso del público.
“Terminamos cambiando completamente el recorrido porque la cantidad de visitantes superó todas las previsiones. Es una política de la Armada acercar los buques a la comunidad cada vez que es posible”, contó Vera.
Para el comandante, la visita también fue una oportunidad para descubrir el puerto bahiense.
“Me impresionó la infraestructura que tiene Ingeniero White. Realmente la desconocía y me resultó una experiencia muy enriquecedora”, afirmó.
La emoción de volver siempre a la Antártida
Más allá de la tecnología y de la exigencia operativa, Vera reconoce que existe un aspecto imposible de describir únicamente con términos técnicos.
Después de años de campañas, todavía encuentra motivos para sorprenderse.
Recordó, por ejemplo, el momento en que una ballena y su cría nadaron junto al buque en aguas cristalinas, una imagen que definió como uno de los recuerdos más fuertes de su carrera.
Pero si tuviera que elegir un lugar, no dudó.
“Bahía Paraíso es, para mí, el lugar más hermoso del mundo. Parece un paisaje dibujado: una bahía cerrada, agua absolutamente cristalina, montañas cubiertas de nieve… es algo sobrecogedor”, describió.
Y dejó una reflexión que resume el sentimiento de quienes tienen el privilegio de navegar cada verano por el continente blanco.
“Creo que la mayor sensación que deja la Antártida es la cercanía con la naturaleza y el grado de pequeñez que uno siente frente a semejante lugar”, concluyó.
Con una década de campañas consecutivas desde su regreso al servicio, tecnología de última generación y una misión estratégica para la presencia argentina en la Antártida, el ARA Almirante Irízar continúa siendo mucho más que un rompehielos: es una herramienta clave para la ciencia, la soberanía y la logística nacional, y uno de los buques más emblemáticos de la Armada Argentina.
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